Todos los discursos de la visita del Papa Francisco a la Comunidad de Sant’Egidio por el 50 aniversario

Discurso espontáneo
Buenas tardes… bueno, ¡no tan buenas! El Sr. Impagliazzo ha dicho que Roma tiene las puertas abiertas, y también el cielo tiene las puertas abiertas y ha dejado caer el agua que nos está mojando! ¡Pero siempre con las puertas abiertas! Gracias, gracias por haber venido. Gracias por estar aquí y gracias por su generosidad. Aquí dentro hay generosidad. Y también el corazón abierto: ¡el corazón abierto para todos, todos, todos! Sin hacer distinciones: “Este me gusta, este no me gusta; este es amigo, este es enemigo…”. No. ¡Todos, todos! El corazón abierto para todos. Y eso hace que la vida avance. Les doy las gracias y les deseo lo mejor, a cada uno de ustedes, a sus familias y también a sus sueños. Que el Señor les bendiga. Y oren por mí. ¡Gracias!

Discurso del Santo Padre en la Basílica de Santa María de Trastévere
Queridos amigos,
¡Gracias por su recibimiento! Me alegra estar aquí con ustedes por el cincuenta aniversario de la Comunidad de Sant’Egidio. Desde esta basílica de Santa María de Trastévere, corazón de su oración diaria, quisiera abrazar a sus comunidades de todo el  mundo. Les saludo a todos, en particular al profesor Andrea Riccardi, que tuvo la feliz intuición de este camino, y al profesor Marco Impagliazzo por sus palabras de bienvenida.
Ustedes no han querido que esta fiesta sea solo una celebración del pasado, sino también y sobre todo una alegre manifestación de responsabilidad hacia el futuro. Esto hace pensar en la parábola evangélica de los talentos, que habla de un hombre que «al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda» (Mt 25,14). A cada uno de ustedes, sea cual sea su edad, se le ha dado al menos un talento. En este está escrito el carisma de esta comunidad, carisma que, cuando vine aquí en 2014, sinteticé en estas palabras: oración, pobres y paz. Las tres «pes». Y añadía: «Y caminando así ayudan a hacer crecer la compasión en el corazón de la sociedad –que es la verdadera revolución, la de la compasión y la ternura, la que nace del corazón–, a hacer crecer la amistad en lugar de los fantasmas de la enemistad y de la indiferencia» (Encuentro con los pobres de la Comunidad de Sant’Egidio, 15 de junio de 2014: Enseñanzas II, 1 [2014], 731).
Oración, pobres y paz: es el talento de la Comunidad, que ha madurado en cincuenta años. Lo reciben nuevamente hoy con alegría. En la parábola, sin embargo, un siervo esconde el talento en un hoyo y se justifica así: «me dio miedo y fui a esconder bajo tierra tu talento» (v. 25). Aquel hombre no supo invertir el talento en el futuro, porque se dejó aconsejar por el miedo.
El mundo de hoy muchas veces está habitado por el miedo, y también por la rabia, decía el profesor Riccardi, que es hermana del miedo. Es una enfermedad antigua: en la Biblia aparece a menudo la invitación a no tener miedo. Nuestro tiempo conoce grandes miedos ante las vastas dimensiones de la globalización. Y los miedos de concentran muchas veces en el extranjero, en quien es distinto de nosotros, pobre, como si fuera un enemigo. Se hacen incluso planes de desarrollo de los países bajo la guía de esta lucha contra esta gente. Y entonces nos defendemos de estas personas, porque creemos que así conservamos lo que tenemos o lo que somos. La atmósfera de miedo puede contagiar también a los cristianos que, como aquel siervo de la parábola, esconden el don que han recibido: no lo invierten en el futuro, no lo comparten con los demás, sino que se lo guardan para ellos: «Yo pertenezco a la asociación tal…; yo soy de aquella comunidad…»; «maquillan» la vida con esto y no dejan que el talento florezca.
Si estamos solos, nos domina fácilmente el miedo. Pero el camino de ustedes les orienta a mirar juntos al futuro; no solos, no cada uno por sí mismo. Juntos con la Iglesia. Se han beneficiado del gran impulso a la vida comunitaria y a ser pueblo de Dios que vino del Concilio Vaticano II, que afirma: «Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo» (Const. Dogm. Lumen gentium, 9). Su Comunidad, que nació a finales de los años sesenta, es hija del Concilio, de su mensaje y de su espíritu.
El futuro del mundo parece incierto, lo sabemos, lo oímos todos los días en los telediarios. ¡Miren cuántas guerras abiertas hay! Sé que rezan y trabajan por la paz. Pensemos en los dolores del pueblo sirio, el amado y martirizado pueblo sirio, cuyos refugiados ustedes han acogido en Europa con los «corredores humanitarios». ¿Cómo puede ser que, tras las tragedias del siglo XX, se repita una vez más la misma lógica absurda? La Palabra del Señor es luz en la oscuridad y da esperanza de paz; nos ayuda a no tener miedo incluso frente a la fuerza del mal.
Han escrito las palabras del Salmo: «Tu palabra es antorcha para mis pasos, luz para mi sendero» (119,105). Hemos acogido la Palabra de Dios entre nosotros con espíritu de fiesta. Con este espíritu han acogido lo que yo propuse para todas las comunidades al cierre del Jubileo de la Misericordia: que un domingo al año esté dedicado a la Palabra de Dios (cfr Carta apost. Misericordia et misera, 7). En el pasado la Palabra de Dios les protegió de las tentaciones de la ideología y hoy les libra de la intimidación del miedo. Por eso les exhorto a amar y a frecuentar cada vez más la Biblia. Cada uno encontrará en ella la fuente de la misericordia hacia los pobres, los heridos de la vida y de la guerra.
La Palabra de Dios es la lámpara con la que podemos mirar al futuro, también el de esta Comunidad. A su luz, se pueden leer los signos de los tiempos. Decía el beato Pablo VI: «Descubrir los “signos de los tiempos” […] es el resultado de aplicar la fe a la vida», de modo que «el mundo para nosotros es un libro» (Audiencia general, 16 de abril de 1969: Enseñanzas VII, 1969, 919). Es un libro que hay que leer con la mirada y el corazón de Dios. Esta es la espiritualidad que viene del Concilio, que enseña una gran y atenta compasión por el mundo.
Desde que nació su Comunidad, el mundo se ha hecho «global»: la economía y las comunicaciones, por decirlo de algún modo, se han «unificado». Pero para mucha gente, sobre todo los pobres, se han levantado muros. Las diferencias son motivo de hostilidad y de conflicto; todavía está por construir una globalización de la solidaridad y del espíritu. El futuro del mundo global es vivir juntos:  este ideal requiere el compromiso de construir puentes, mantener abierto el diálogo y continuar encontrándose.
No es solo un hecho político u organizativo. Cada uno está llamado a cambiar su corazón asumiendo una mirada misericordiosa hacia el otro, para convertirse en artesano de paz y profeta de misericordia. El samaritano de la parábola se ocupó del hombre medio muerto en el camino, porque «al verlo, tuvo compasión» (Lc 10,33). El samaritano no tenía una responsabilidad específica con el hombre herido, y era extranjero. Pero se comportó como un hermano, porque tuvo una mirada de misericordia. El cristiano, por su vocación, es hermano de todo hombre, sobre todo si es pobre, y también si es enemigo. No digan nunca: «¿Qué tiene que ver conmigo?». Es una buena frase para lavarse las manos: «¿Qué tiene que ver conmigo?». Una mirada misericordiosa nos compromete a la audacia creativa del amor, que es muy necesaria. Seamos, pues, hermanos de todos y, así, profetas de un mundo nuevo; y la Iglesia es signo de unidad de la humanidad, entre los pueblos, las familias, las culturas.
Quisiera que este aniversario fuera un aniversario cristiano: no un tiempo para medir resultados o dificultades; no la hora de los balances, sino el tiempo en el que la fe está llamada a ser una nueva audacia por el Evangelio. La audacia no es la valentía de un día, sino la paciencia de una misión cotidiana en la ciudad y en el mundo. Es la misión de recoser pacientemente el tejido humano de las periferias, que la violencia y el empobrecimiento han roto; de comunicar el Evangelio a través de la amistad personal; de demostrar que una vida se hace realmente humana cuando es vivida junto a los más pobres; de crear una sociedad en la que nadie siga siendo extranjero. Es la misión de superar las fronteras y los muros para reunir.
Hoy, aún más, sigan audazmente por este camino. Continúen estando junto a los niños de las periferias con las Escuelas de la Paz, que visité; continúen estando junto a los ancianos: a veces son descartados, pero para ustedes son amigos. Continúen abriendo corredores humanitarios para los refugiados de la guerra y del hambre. ¡Los pobres son su tesoro!
El apóstol Pablo escribe: «Que nadie se gloríe en las personas, pues todo es suyo […] Y ustedes son de Cristo, y Cristo, de Dios. (1 Co 3, 21.23). ¡Ustedes son de Cristo! Ese es el sentido profundo de su historia hasta hoy, pero es sobre todo la clave para afrontar el futuro. Sean siempre de Cristo en la oración, en la atención a sus hermanos más pequeños, en la búsqueda de la paz, porque Él es nuestra paz. ¡Él caminará con ustedes, les protegerá y les guiará! Rezo por ustedes, y ustedes, recen por mí. Gracias.

 

Discurso del Prof. Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant’Egidio

Padre Santo,
Gracias por su presencia entre nosotros. Para los cincuenta años de la Comunidad –como usted sabe– hemos preferido no mirar atrás de manera celebrativa o para disfrutar algunos éxitos, sino mirar hacia adelante. No se trata de hacer proyectos que la historia a veces se lleva por delante. Se trata más bien de ver quién viene a nosotros, quién necesita ayuda hoy, cuáles son las preguntas abiertas. Es decir, de dónde vienen la vida y la historia.
El tiempo ha cambiado desde el 68 y desde nuestro origen. Mundos enteros han desaparecido, como los regímenes del este y las fuerzas de la utopía revolucionaria; los nuevos mundos del sur han perdido la esperanza de ser nuevos y han vivido la guerra. Todo se ha globalizado y se ha convertido en un gran mercado. Pero parece que poco ha cambiado en los poderes que rigen la historia, como el dinero, que usted ha recordado en varias ocasiones. ¿Es imposible cambiar el mundo hoy?
Se dice que el tiempo global es demasiado complicado. En primer lugar, hay que sobrevivir: defenderse de los demás, de los pobres. Es la lógica de pensar en uno mismo: va del egocentrismo personal al egoísmo nacional. Cada país debe cerrarse y salvarse de la marea del mundo.
Nos sentimos víctimas y tenemos miedo. Estamos en una época de rabia por todas partes: contra los demás, los que son diferentes, los pobres, los presuntos enemigos. Época dolorosa, donde hay violencia y guerra sin fin: en Siria o en Sudán del Sur. Y la violencia está agazapada a la puerta de todas las sociedades. La tentación es el pesimismo que favorece cerrarse o ser perezoso. Pero ¿cómo pueden ser pesimistas los amigos de aquel que resucitó?
San Agustín afirma: «Y ustedes dicen: son tiempos difíciles… Vivan bien y, con una buena vida, cambien los tiempos: cambien los tiempos y no tendrán de qué lamentarse» (Sermón 311,8). Nosotros conservamos del 68 y las proximidades la convicción de que todo puede cambiar y que depende también de nosotros. El Concilio nos ofreció la Palabra de Dios, que ilumina los corazones, las mentes, la calle, mientras que aumenta la fe. Incluso cuando hay oscuridad. ¡Se puede avanzar incluso en la oscuridad!
Esto nos salva de la deferencia que nos hace pequeños y asustados, avaros, clericales y conservadores. Judit, la mujer que con su belleza hizo flaquear al arrogante, enseñaba: «quien respeta al Señor será grande para siempre» (16,16). Grande: es aceptar el desafío de hacer que el mundo sea mejor. Con las manos vacías y con la palabra. Las herramientas del Evangelio son las mejores: «Entonces clamaron mis humildes –dice Judit–…, clamaron mis débiles, y ellos quedaron aterrados” (ivi, 11). Es la fuerza de los humildes y de los pobres.
Quisiera decir –no por hacerle un cumplido sino para decir la verdad– que desde que con la Evangelii Gaudium, usted propuso salir a la calle, fuera de las instituciones, de las sacristías, de los planos pastorales, de la autorreferencialidad, del egocentrismo, de nuestra pureza, un pueblo grande se ha puesto en camino. Se ve a mucha gente que tiene ganas de hacer el bien, hay recursos y energías, no solo rabia sino mucho amor. Y eso da esperanza y alegría.
En esa perspectiva, Sant’Egidio no se siente una comunidad de perfectos (¿cómo podríamos sentirnos así?), sino una comunidad de pueblo, tal vez pequeña pero sin límites, porque participa en los dolores cercanos y en los lejanos. La rabia y el egocentrismo se curan, si vamos hacia los demás con simpatía, si damos razón de la esperanza y ayudamos a la gente a encontrarse con los pobres, que son verdaderos maestros de verdades de la vida. Esta es la alegría del Evangelio que sentimos.
La época de la rabia puede convertirse en época de la fraternidad y del espíritu. Usted en Asís, en 2016, dijo: «Nosotros creemos en un mundo fraterno y mantenemos la esperanza en un mundo fraterno». Es un sueño simple pero decisivo. Añadió: «Nuestro futuro es convivir. Por eso estamos llamados a librarnos de los pesados fardos de la desconfianza, de los fundamentalismos y del odio». No es un programa imposible. Al contrario, es algo que pide el gemido de los pobres, de los pueblos y de la tierra. Nuestra oración se sintoniza con estos gemidos, aquí en esta basílica y en todos los lugares donde estamos.
Vivir juntos por un mundo fraterno, entre pueblos, en las periferias y en la ciudad, es una revolución posible, si nuestro punto de partida es el corazón y el Evangelio. Decía el amigo Olivier Clément, teólogo ortodoxo: «las únicas revoluciones creadoras de la historia nacieron de la transformación de los corazones». La Iglesia, madre de esperanza, nos sostiene. Y también usted, Padre Santo, con su palabra desde hace cinco años. Cristo que, desde lo más alto del mosaico, nos mira con ojos tiernos y abraza a su Madre, lo hace posible. ¡Gracias!.

 

Discurso de Mauro Garófalo

Padre Santo,
Me llamo Mauro, tengo 41 años y formo parte de aquella generación de europeos que nunca ha visto la guerra directamente, a diferencia de nuestros abuelos. Nacimos y hemos vivido en paz gracias a las visiones de hombres iluminados que construyeron el sueño europeo tras dos guerras mundiales. Pero formando parte de una Comunidad global, que tiene entre sus tres P, la de la paz, también yo he visto y he tocado la guerra. Desde hace un tiempo me ocupa de varias situaciones de conflicto. Sobre todo, de la República Centroafricana donde he conocido la gran sed de paz de aquel pueblo que tanto ha sufrido. He visto a los centroafricanos, tente humilde acostumbrada a vivir pacíficamente con etnias y religiones diferentes, precipitarse en la vorágine de la violencia. He visto a un país que goza de la bendición de las riquezas naturales caer en la miseria y convertirse en un país donde es difícil comprar alimentos y medicamentos, pero donde es excesivamente fácil encontrar armas por pocos dólares. He conocido a un pueblo bueno, rehén de la violencia y de tráficos ilegales, como el de las armas.
Yo estaba en Bangui cuando usted la visitó, y todo el pueblo centroafricano gritó al cielo con usted “Ndoye Siriri”, paz y amor.. Aquella invocación concorde de paz, aquella oración a Dios, liberó energías de reconciliación y curó el corazón de mucha gente de la esclavitud, del odio y de la desconfianza. Vi a cristianos y musulmanes nuevamente juntos acompañándole por las calles de Bangui con ramas de palmera en las manos. Un signo de paz en las calles que hasta hace pocos días antes eran escenario de enfrentamientos violentos.
La Comunidad quiso hacer suyo el llamamiento que desde Bangui usted dirigió al mundo entero: «A aquellos que utilizan injustamente las armas de este mundo [les digo que] depongan estos instrumentos de muerte». Por eso tras firmar aquí en Roma un pacto por la paz entre 14 grupos armados y políticos, empezamos a trabajar sobre el terreno para desmilitarizar a los grupos armados y que muchos pudieran volver al trabajo y con sus familias, y finalmente pudieran vivir juntos, con justicia y seguridad.
En la sabana conocí a grupos armados formados por jóvenes y niños armados hasta los dientes, con ojos de niño, pero envejecidos por el odio y tristes, que nunca habían ido a la escuela ni habían recibido educación. ¿Quién les ha armado? Nunca han tenido un libro ni un cuaderno, solo armas. ¡Es una locura demasiado grande! Vi la alegría en sus ojos cuando les propusimos dejar las armas a cambio de trabajo o educación. Padre Santo, tenemos que volver a convencer a este mundo de que la paz puede nacer no con más armas –como se dice a menudo hipócrita y cínicamente– sino sin armas. Las armas son diabólicas. Es necesario ayudar al mundo a desarmarse, como estamos haciendo en la República Centroafricana. Es el camino de la paz. Junto a la oración, que es la raíz de la paz. Eso es lo que puedo testimoniar ante usted, tras haber conocido la guerra y sus amargas consecuencias.

Discurso de JóvenesxlaPaz

Padre Santo,
Este verano con mis amigos de los jóvenes por la Paz de toda Europa nos encontramos en Barcelona, justo al día siguiente del terrible atentado de las Ramblas. Entre las flores, las velas y los escritos que la gente había dejado en el lugar del atentado, había uno que me sorprendió. Un niño había hecho un dibujo en el que se había dibujado a sí mismo, muy muy pequeño, y un monstruo grande que simbolizaba el miedo.  El dibujo se titulaba: “Aquí estamos yo y el miedo”. Y en el comentario decía: “El miedo no es tan grande ni yo tan pequeño. No tengo miedo”. Aquel dibujo nos hizo pensar: el miedo no es tan grande como dicen o como muchos actos de violencia, de división, de bullying, querrían. Estar juntos en aquel momento dramático me hizo entender que no somos tan pequeños como creemos. Ser Comunidad, estar en la Iglesia es un gran don en el tiempo de lo virtual y de la soledad de muchos compañeros míos.
Cuanto más vivo en el mundo virtual, más se alejan los demás y les tengo miedo. La vida sin amigos es triste. La vida en la que siempre me tengo que defender es triste. Tan triste que puede llevar a hacer actos violentos. Pero en esta tristeza se ha encendido una luz: conocer a los pobres. Cuando conocí a los niños pobres de la periferia de Roma en la Escuela de la Paz, cuando entendí que pedían amistad, cayeron mis defensas. Entendí que el problema no es defenderse de los demás, sino defender a los pobres.
Sentí que tenía una responsabilidad hacia ellos. Sí, hasta entonces pensaba que la responsabilidad era una palabra que no era para los jóvenes, sino para los mayores, para los viejos. Pero conocer a los niños pobres me hizo entender que la responsabilidad también es mía. ¿Cómo podía yo dejar solo a aquel niño? Y con la responsabilidad llegaron los sueños. Soñé en dar un futuro a los niños, soñé en una sociedad donde haya sitio para todos. Cada uno de nosotros tenemos el derecho de tener un sueño. No es legítimo, lo que nos hacen creer cuando dicen: “bueno, sí, de acuerdo, pero no lo lograrás nunca”, “ya hablaremos de los sueños otro día”. Soñar un mundo nuevo para todos, no solo para mí, es un derecho que tengo y que quiero ejercer con mis amigos.
La globalización ha hecho que estemos todos más solos, más desorientados, un poco perdidos en el gran mundo porque, por ejemplo, los problemas parecen muy grandes: la contaminación global, la guerra o la pobreza. Pero es una gran oportunidad porque puedo conocer a jóvenes de todo el mundo, viajar, estar informada de muchas cosas. Una oportunidad que las generaciones que nos han precedido no tuvieron. Tenemos la posibilidad de pensar, de imaginar una respuesta a los problemas del mundo, porque los conocemos.
Hoy puedo decir ante usted, Padre Santo, que la presencia de un niño pobre, vulnerable, en mi vida me ha cambiado más que muchos discursos: me ha enseñado la fidelidad, me ha pedido que asuma una responsabilidad y no me quede inerte o cerrado en mi mundo.
Me pregunto: ¿no sería posible que en la Iglesia el contacto con los pobres estuviera más presente en la educación de los jóvenes? A veces la gente tiene la idea de que solo algunas personas, los especialistas, deben ocuparse de los pobres. ¿No sería más hermoso que en cada parroquia o escuela católica se propusiera a cada joven conocer y servir a los pobres?
Conocer a los pobres para mí no fue solo una experiencia «social», sino también una realidad espiritual: entendí mejor quién era Jesús para mí, o mejor dicho, ¡entendí que lo había encontrado!.

Discurso de Jafar, refugiado sirio llegado a Roma con los Corredores Humanitarios

Padre Santo,

Me llamo Jafar, tengo 15 años, y soy palestino sirio de Damasco. Estoy aquí con mi madre, Rasha, y mis hermanos menores, Omar y Jenine.
Nací en el campo de Yarmouk, en la periferia de Damasco.
Durante la guerra el campo estuvo asediado durante muchos meses.
Me acuerdo perfectamente que el campo estuvo cerrado durante un mes y medio.
Nadie podía entrar ni salir.
No había nada para comer.
Durante un tiempo comimos solo arroz.
Un día cayó una bomba en una mezquita cerca de mi casa, mientras la gente salía.
Muchos murieron.
Después de aquello muchas familias huyeron del campo.
Nos quedamos solo nosotros y pocos más.
Durante 2 años más estuvimos en el campo; la vida era difícil, muchas veces había toque de queda. No podíamos ir a la escuela. Solo íbamos a la escuela de la mezquita de vez en cuando.
Salir a buscar algo de comer era peligroso porque en el campo estaban los grupos armados de Estado Islámico y fuera estaba el ejército del Gobierno.
Mi madre una vez salió con mi hermano pequeño para ir a buscar algo de comer y cayó una bomba cerca de donde estaban, en el campo.
Mi madre logró proteger a Omar, pero varias astillas se le clavaron en los ojos.
Hoy yo soy los ojos de mi madre y hablo también por ella.
Al cabo de pocos días tuvimos que huir a Líbano, donde había algunos parientes de mi madre.
Yo tenía 10 años.
Estuvimos allí en un campo durante 3 años.
En 2016 supimos que podíamos venir a Italia gracias a los corredores humanitarios.
Y vinimos a Roma.
Ahora yo y mis hermanos vamos a la escuela.
Tengo nuevos amigos, juego a fútbol, y he empezado a ir con los Jóvenes por la Paz.
Con ellos vamos a ver a los ancianos.
Padre, yo sé que usted quiere a todo el mundo, sobre todo a quienes, como nosotros, han sufrido por la guerra y han tenido que huir de su país. Le doy las gracias por su cariño y por sus palabras en defensa de los inmigrantes.
Me gusta mucho vivir en Italia, pero a menudo pienso en Siria.
Y cuando pienso en Siria, me viene a la cabeza una palabra importante: paz..

 

Discurso de Giovanna, anciana de Sant’Egidio

Padre Santo,
Me llamo Giovanna y tengo casi 80 años. Para mí es una gran alegría poder estar con usted. Soy anciana, y hoy ser anciano es difícil. La vida se alarga, pero la sociedad no se ha “alargado” a la vida, como usted ha dicho. La vejez muchas veces es vista como una enfermedad que hay que mantener lejos, mientras se pueda. Lo vi cuando me jubilé. Hasta entonces yo había ignorado la vejez, pero entonces ya no podía alejarla. Nunca había tenido tanto tiempo para mí. ¿Cómo llenarlo?Mis parientes me decían: “finalmente puedes pensar un poco en ti misma”. Es lo que hace mucha gente de mi edad: un viaje, nuevos hobbys, o un poco de deporte. No hay nada de malo en ello. Pero yo quería seguir siendo útil.
¿Qué hacer? Antes, nunca había tenido ni siquiera tiempo de preguntármelo… Y luego… El trabajo, la familia… todo me confirmaba que yo era útil.
Pero ¿y ahora?

Le doy las gracias porque nos recuerda a los ancianos que tenemos una misión en la Iglesia y que no tenemos que “arriar las velas”. Usted nos dijo que “la vejez tenemos que inventarla un poco”. Yo he intentado hacerlo, y la primera manera que he encontrado ha sido la oración.
Siendo ya anciana, he vuelto a orar. En mi vida no siempre dediqué tiempo e importancia a la oración. Tenía demasiadas cosas que hacer, demasiadas cosas entre manos.

Hoy vivo la oración también como un servicio para los demás. No solo para aquellos que conozco y que están cerca de mí, sino también para los enfermos, para los presos, para las víctimas de la miseria y de la guerra. Con la oración he encontrado la mejor manera de viajar, de llegar a muchos lugares del mundo.
Y al mismo tiempo, he descubierto también que todavía tengo mucho que dar. Los ancianos todavía tenemos piernas para ir hacia los demás, brazos que pueden sostener, palabras que pueden consolar, y sobre todo mucho afecto que puede dar calor y alegría a los jóvenes que se encuentran con una vida árida, sin amor.

Santo Padre, todavía tenemos fuerza y energías, y, si Dios quiere, vida por delante. Le pedimos que la Iglesia nos contrate más como obreros de su viña. La Iglesia debe ser más consciente de que existen los ancianos y que son una fuerza, incluso en el momento de la debilidad.
Podemos ayudar a los demás de muchos modos: yendo a visitar a los demás ancianos enfermos o ingresados en asilos, visitando a los presos, y también hablando con los jóvenes que muchas veces viven solos. ¡Yo lo hago con mis nietos y veo que es útil!
Algunos ancianos de la Comunidad, además, han empezado a ayudar a los refugiados y les enseñan nuestro idioma. ¡Los ancianos pueden trabajar para la integración! Estos jóvenes han encontrado en nosotros a padres, madres y, sobre todo, abuelos.
Y luego, Padre Santo, ¡los que somos viejos estamos a favor de la paz! Ya hemos sufrido suficiente por la guerra en Europa y conocemos sus horrores. Estoy convencida de que, si se nos valora, los ancianos podemos ser constructores de paz en la sociedad. ¡Que la Iglesia nos escuche y nos ayude a ser escuchados!.

 

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