¿Cómo se vive en una cárcel de Kivu? (R.D. Congo)

El discurso de un detenido, con ocasión de la visita del presidente de la Comunidad, narra la dramática situación de los presos

Durante el encuentro de jóvenes de Kivu que se celebró en Bukavu los días 18 y 19 de julio pasados, el presidente de la Comunidad de Sant’Egidio, Marco Impagliazzo, visitó con una delegación la cárcel central de la ciudad, donde, desde hace más de 6 años, la Comunidad realiza un servicio de visita semanal en la sección de menores. La mayoría de los detenidos son jóvenes de la calle, detenidos por la policía en redadas para «limpiar» la ciudad, sin que se hayan ensuciado con más culpa que la de la extrema pobreza.

En nombre de todos, un joven detenido recibió a la visita con un discurso dirigido a la Comunidad y al mundo «de fuera» en el que explica la dramática situación en la que viven:

«Querido Marco, queridos amigos de la Comunidad de Sant’Egidio, en nombre de todos los menores presos en la cárcel central de Bukavu, os damos la bienvenida. Hoy el mundo nos considera personas irrecuperables, que no pueden cambiar, para los que no hay más solución que la cárcel. La cárcel nos afecta psicológica, física y socialmente, pues la mayoría de nosotros no tenemos apoyo ni medios para defendernos. Nuestras sociedades han construido cárceles, pero ignoran cómo se vive en ellas, es decir, qué pasa, qué vida llevan los presos, cómo comen. Dónde duermen.

Damos gracias a la Comunidad de Sant’Egidio por las distintas iniciativas que nos permiten seguir soñando, y gracias sobre todo por la comida de Navidad. Es verdad, los amigos de la Comunidad dicen que no tienen «ni oro ni plata, solo la Palabra del Señor» y el amor que nos traen nos humaniza, y yo mismo que os hablo soy un fruto de ese amor.

Sin duda las necesidades que tenemos los menores presos son muchas a pesar de la presencia de la Comunidad, y permitidme que enumere las principales:

La comida es insuficiente; si nos ponemos enfermos sólo la naturaleza se ocupa de nosotros, porque los medicamentos son escasos, no tenemos actividades recreativas o educativas.

Por eso pedimos, para hacer realidad nuestros sueños de reintegrarnos en la sociedad y humanizar nuestra vida:

una asistencia médica y nutricional adecuada, alfabetización y formación profesional en la misma cárcel, un espacio recreativo con proyección de películas y juegos.

Os decimos gracias una vez más por estar con nosotros y os aseguramos que rezaremos por vosotros y por toda la Comunidad.»

Con ocasión de esta visita se revisaron los expedientes de 5 jóvenes detenidos, y pagando una fianza pudieron volver con sus familias.

6 años de amistad con los jóvenes detenidos

La cárcel de Bukavu es un viejo edificio de época colonial que los belgas construyeron a principios del siglo XX. Estaba ideado para albergar a 300 detenidos, pero hoy son más de 1.500, y viven en condiciones muy precarias. Cuando fuimos las primeras veces nos dimos cuenta de que los principales problemas estaban en las condiciones de vida, en la más total promiscuidad, en los lugares decadentes y las condiciones de salud de muchos presos que no tenían acceso alguno a medicamentos. Una primera idea fue la de separar a los menores de 18 años en una zona aparte, en aplicación de una disposición de la misma ley congoleña.

Reconocer ese derecho hizo nacer una amistad más personal especialmente con los detenidos más jóvenes. Entre lo que nos pedían, lo primero era que les habláramos de la Biblia y de la oración, luego que les diéramos algunos consejos de higiene y de atención sanitaria, que les diéramos jabón y algo de alfabetización para menores no escolarizados, que son los que provienen de las zonas rurales.

Muchos de ellos son niños de la calle a los que conocíamos ya antes de que entraran en la cárcel. Aunque no cometan ningún delito pueden caer en las «redadas» de la policía que periódicamente, por desgracia, decide «limpiar» la ciudad de mendigos. La Comunidad ha protestado oficialmente contra esta práctica a través de una carta abierta, y decidió ayudar a estos jóvenes de la calle encontrando para ellos un alojamiento y ayudándoles con cursos de reinserción profesional. Después de la cárcel la amistad no termina y la Comunidad se compromete a buscar con ellos un futuro para los jóvenes de la ciudad.

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