Entrega de la estola de Ragheed Aziz Ganni, sacerdote caldeo asesinado en Mosul, Irak

Roma: Desde el 2 de junio la basílica de San Bartolomeo all’Isola, memorial de los mártires cristianos de nuestro tiempo y confiada hace años por Juan Pablo II a la Comunidad de Sant’Egidio, se ha enriquecido con otra preciosa reliquia: la estola sacerdotal del sacerdote caldeo católico Ragheed Aziz Ganni, de Mosul, Irak, asesinado en su ciudad junto a tres subdiáconos de la misma iglesia, la mayor comunidad cristiana del país árabe, el 3 de junio de 2007.

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Hace cuatro años, en la tarde del domingo después de Pentecostés, el padre Ragheed acababa de terminar de celebrar la misa en su parroquia dedicada al Espíritu Santo, en el centro de Mosul, cuando fue atacado junto a sus tres compañeros y asesinado a sangre fría. Más tarde, los asesinos rodearon sus cuerpos con cargas explosivas para que nadie se atreviera a acercarse.

Desde hace años la parroquia del padre Ragheed estabe en el punto de mira de los terroristas. Días antes de morir, había dicho: “Los sacerdotes dicen misa entre las ruinas provocadas por las bombas. Las madres, preocupadas, ven cómo sus hijos desafían los peligros y van a catequesis con entusiasmo. Los viejos vienen a confiar a Dios a sus familias que huyen de Irak, el país que ellos, por el contrario, no quieren abandonar, firmemente arraigados en las casas que construyeron con el sudor de años”.

El padre Ragheed era un sacerdote valiente. de 35 años, había estudiado teología en Roma, en el Angelicum. Durante su estancia en Roma había conocido la Comunidad de Sant’Egidio, con la que iba cada semana a repartir comida a los vagabundos en la zona del Colle Oppio. Allí encontraba a muchos compatriotas suyos que habían huido de su país por la guerra y las discriminaciones. Volvió a Irak en 2003, a su Mosul, e inmediatamente se puso a trabajar para reconstruir “una sociedad libre” en un país martirizado. Hablaba de su país con esperanza; organizaba cursos de teología para laicos, trabajaba con jóvenes, consolaba a familias en dificultad. No había perdido el contacto con Roma, donde había enviado a un niño con graves problemas de visión para que lo curaran. Los numerosos atentados que sufrieron amigos y parientes y la huida de muchos cristianos no lo habían desanimado.

Los primeros meses de 2007 fueron terribles: repetidos atentados, secuestros de sacerdotes, el impuesto sobre los cristianos para quedarse en la ciudad. Cayeron dos bombas en pocas semanas  en su parroquia del Espíritu Santo. En aquellas condiciones el padre Ragheed sentía la fuerza de la Eucaristía, a la que confiaba su comunidad: “Sin domingo, sin Eucaristía los cristianos de Irak no pueden vivir”. “Los terrorisas intentan quitarnos la vida –había dicho en mayo de 2005 en Bari, con ocasión del Congreso eucarístico– pero la Eucaristía nos la devuelve. (…) Alguna vez yo mismo me siento frágil y lleno de miedo. Cuando, sosteniendo la Eucaristía en la mano, digo las palabras: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, siento en mí su fuerza: yo sostengo la hostia en la mano, pero en realidad es él quien me sostiene a mí y a todos nosotros, es él quien desafía a los terroristas y nos mantiene unidos en su amor sin fin”.

Ayer fueron sus padres, ancianos, los que llevaron en procesión la estola de su hijo, expuesta a la veneración de los fieles en la capilla de los mártires de Asia, Oceanía y Oriente Medio en San Bartolomeo. El obispo es el sucesor de monseñor Paulos Faraj Rahho, del que el padre Ragheed era el secretario. Siete meses después, unió su sangre a la de su joven colaborador, en el don de la vida

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