Con ocasión de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, convocamos cada año esta conmovedora Eucaristía en recuerdo de las personas que pierden la vida en mares y desiertos a lo largo de las diferentes rutas migratorias en busca de una tierra de futuro y de paz, empujadas por las guerras, la miseria y el cambio climático.
La liturgia “Morir de Esperanza” nos ayuda a no olvidar el sufrimiento de tantas personas que buscan protección en Europa y no acostumbrarnos a que estas tragedias sean cada vez más cotidianas. Es una forma de luchar contra la “globalización de la indiferencia” que el Papa Francisco denunció desde las costas de Lesbos.
Casi 50.000 personas han perdido la vida en los viajes de esperanza hacia Europa durante los últimos diez años. Durante la celebración se recuerdan los nombres y las historias de algunas de estas víctimas, porque no podemos aceptar que las personas se conviertan en números o estadísticas. Recordarles es como recuperarles, sacarles de un anonimato que es como una segunda muerte y que no podemos aceptar como normal.