Recuerdo de Modesta, una liturgia por una amistad más fuerte que la muerte y el olvido

Sentada en el portal de una calle céntrica de Madrid, Cristina pasaba las horas mientras su salud se deterioraba. Un día acudió a urgencias por un dolor intenso y nunca regresó. Pedro murió en el aeropuerto donde dormía a la espera de una llamada en la que le dijeran que por fin tenía una habitación. La vida de Eusebio se apagó por el frío y la enfermedad, en el soportal de un cajero durante la noche de Reyes.

Al igual que Modesta Valenti, la anciana sin hogar a la que dejaron morir hace más de cuatro décadas al negarse a subirla a una ambulancia por “estar sucia y tener piojos”, las historias de Cristina, Pedro, Eusebio, José, Rotislav, Tina y tantos otros tienen algo en común: todos fueron víctimas de un “no” que les costó la vida. No comprometerse, no ayudar lo suficiente, no acoger, no acompañar, no auxiliar a quien lo necesita. Ese “no” a defender y proteger a los pobres también mata.

Unos 300 nombres resonaron en una abarrotada Iglesia de Nuestra Señora de las Maravillas, donde la Comunidad de Sant’Egidio celebró este Domingo el Recuerdo de Modesta junto a muchos «amigos de la calle» que quisieron estar presentes para honrar a sus compañeros que ya no están.

Carlos Busto, diácono permanente de la Comunidad de Sant’Egidio, dio la bienvenida recordando que esta memoria no es un gesto formal, sino un acto de justicia y de amistad:

“Estos amigos nuestros no han muerto del todo, porque siguen vivos en nuestro corazón gracias a una amistad más fuerte que el olvido; una amistad verdadera, alimentada al compartir el pan de la tierra y también el pan del cielo”.

A medida que se pronunciaba cada nombre, una vela se encendía en el altar. La luz iba creciendo en medio del silencio, como signo de que ninguna de esas vidas caerá en la oscuridad del olvido.

La Eucaristía estuvo presidida por el delegado episcopal de Pastoral para la Zona Centro, Santos Urías, quien subrayó en su homilía:

“Queremos recordar, a través de Modesta y de tantos nombres de amigos que ya no están, que su vida es valiosa, que su nombre no se olvida. Cuando se nombra, se recuerda, y cuando se recuerda se da vida: es una dinámica que supera el rechazo y la indiferencia”.

Al final de la celebración, se entregó una flor a cada uno de los fieles —muchos de ellos también personas sin hogar— como gesto sencillo de dignidad y de cuidado. Algunos amigos comentaron emocionados que les consuela saber que, si un día ellos faltan, la Comunidad pronunciará su nombre y su historia no caerá en el olvido, algo que nos recuerda que nadie es un número. Cada persona tiene un rostro, una historia y un lugar en el corazón de Dios.

Tras la Eucaristía, la Comunidad compartió una comida fraterna en el Comedor Fratelli Tutti. Entre abrazos y conversaciones, se veían muchos rostros felices, agradecidos de sentirse familia, de saberse parte de una historia común. En un mundo donde a menudo reciben indiferencia, rechazo y puertas cerradas, estos momentos de amistad confirman que la relación con los pobres puede y debe ser cercana, personal y verdaderamente fraterna.

El Recuerdo de Modesta y de las personas que han muerto por la dureza de la vida en la calle es una conmovedora ceremonia que se celebra cada año en Madrid, Barcelona, Roma y muchas otras ciudades europeas desde hace más de cuatro décadas. Es una invitación a plantearnos, como sociedad, una pregunta incómoda pero necesaria: ¿hacemos lo suficiente para que nadie más tenga que morir en la calle?

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