Joaquín José Martínez: de esperar la silla eléctrica a luchar contra la pena de muerte

Después de cuatro años en el Corredor de la Muerte, Joaquín José Martínez logró demostrar su inocencia. Él, que antes creía en la pena de muerte, hoy lucha para su abolición en todo el mundo. Esta es su historia.

La historia de Joaquín José Martínez, encarcelado injustamente en el corredor de la muerte habla de redención y transformación profunda. Durante su testimonio en la Jornada Ciudades por la Vida contra la Pena de Muerte, compartió su lado más humano. Confesó la paradoja de su vida: un hombre condenado por un crimen que no cometió, abandonado por sus amigos, traicionado por su exmujer y a un paso de la silla eléctrica volvió a nacer en una celda diminuta, con grilletes en los pies y escuchando cómo a pocos metros ejecutaban a compañeros con quienes horas antes había compartido mesa.

Antes de entrar en prisión, Joaquín José se reconoce como mal esposo, mal padre e incluso mala persona, alguien que solo vivía para las fiestas y cuyo único objetivo era ganar dinero. Él mismo defendía con vehemencia la pena de muerte, convencido de que “quien mata, debe morir”.

Pero cuando con apenas 23 años, ingresó siendo inocente en una cárcel de máxima seguridad en Florida, comenzó a entender la injusticia profunda de la pena capital: reos con problemas mentales, otros analfabetos y sin medios para costear una defensa, pruebas de ADN no practicadas pese a ser decisivas, condenas basadas en evidencias circunstanciales, y abogados y policías que presionan a los detenidos para declararse culpables.

Aun así, Joaquín José seguía creyendo en el sistema. “Si eres inocente, lo demuestras y te vas”, pensaba. Pero pronto comprendió que la realidad era radicalmente opuesta. “En Estados Unidos tú eres culpable hasta que demuestras tu inocencia —explicó—. Y para quienes no tienen recursos, especialmente minorías y personas pobres, los gastos de defensa son inasumibles.

Uno vive sabiendo que la vida puede acabar al día siguiente, sin poder evitarlo. En ese lugar, ya no eres persona: eres un culpable que merece morir sufriendo.

Durante su relato, recordó las palizas a un reo que no dejaba de gritar su inocencia, los castigos inhumanos hacia presos con problemas mentales y una vida en la que el máximo gesto de compasión era una “última cena” antes de la ejecución. “¿De verdad alguien que va a morir tiene ánimo de comer bien la noche anterior?” se preguntó.

Él, que había defendido la pena de muerte, comenzó a tratar personalmente a muchos de los hombres que antes creía que “merecían morir”. Y al conocer sus historias, empezó a comprender la sinrazón absoluta de este castigo.

Su cambio de opinión tiene un nombre propio: Franklin Smith, quien pasó 19 años en el corredor de la muerte proclamando su inocencia y suplicando una prueba de ADN que demostrara que no había asesinado a una niña de ocho años. Smith, cuenta Joaquín José con profundo dolor, murió de cáncer en prisión, y solo después de su muerte la prueba de ADN pudo realizarse, confirmando su inocencia. “No pudieron ejecutarle —dijo Joaquín— porque murió antes, con un sufrimiento terrible. ¡Y era inocente!”.

“Amor, compasión, respeto y perdón son valores que se pierden en el corredor de la muerte, y tristemente también se están perdiendo hoy en nuestro mundo, lleno de violencia, odio e indiferencia”.

Gracias al apoyo incondicional de sus padres, y la movilización de la sociedad civil, de los partidos políticos españoles, del Gobierno de España y hasta del Parlamento Europeo, Joaquín logró un nuevo juicio y demostró su inocencia, después de que su exmujer rectificara su testimonio. “Pero ¿cuántos inocentes no tienen esa suerte?”, se preguntó.

Al final de su intervención, Joaquín José agradeció a Dios por su vida, incluso por aquellos terribles años en el corredor de la muerte, porque lo convirtieron en persona que es hoy: un hombre creyente, esposo y padre de una familia numerosa, acompañado durante el acto por su esposa Jessica, su suegra y tres de sus hijos pequeños, que lo abrazaron al terminar su testimonio ante una abarrotada Iglesia de Nuestra Señora de las Maravillas.

Por la mañana de ese día había tenido un coloquio con estudiantes de Derecho de la Universidad Complutense y del Centro Superior de Estudios Universitarios La Salle, en el marco de la Jornada Ciudades por la Vida contra la Pena de Muerte, que cada año organiza la Comunidad de Sant’Egidio para sensibilizar sobre la necesidad de abolir la pena de muerte, símbolo máximo de la deshumanización de la sociedad y de una justicia que mata para decir que matar es un delito.

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